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La tribu espacial (Cuento)

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Juan estaba en su bote, sentado, concentrado.
Tan solo él y su caña de pescar flotaban sobre las aguas del dique El Cajón.
El estaba solo, ya que la hermosa mañana que comenzaba a estallar era la de un día lunes de comienzos del mes de Julio (un día en el cual, el que no trabaja se encuentra tirado en la cama, víctima de una fatal resaca producto del fin de semana, y un mes demasiado frío, aún para los pescadores más fanáticos).
Cada tanto le daba unos sorbos a su petaca de ginebra, como para calentar el cuerpo y luego seguía nuevamente con la mirada fija en la boya, esperando que su movimiento le indicara que algún desprevenido pejerrey había mordido el anzuelo. Aún no había pescado nada y comenzaba a arrepentirse de no haber ido a trabajar.
Pero algo iba a suceder esa mañana que alteraría la calma del lugar.
Un objeto metálico que surcaba el cielo, se estrelló sobre la costa del lago, a metros de donde él se encontraba. Primero pensó que se trataba de un helicóptero que había sufrido un desperfecto. Pero ni el sonido que emitió, ni la forma que había alcanzado a divisar, era propio de ello. Esa nave no tenía alas, ni hélices ni inscripciones visibles.
Pensó que podría tratarse entonces de un satélite artificial, uno de comunicaciones quizás, ya que unos días atrás, había escuchado por la radio de la caída de uno de ellos en el norte argentino. De ser eso, debería tener cuidado con la radiación que podría emanar ese aparato ya que es muy nociva para la salud. Mientras se bajaba del bote y se iba acercando al objeto, comenzó a imaginar lo famoso que se convertiría en Capilla del Monte, al ser el primero de su pueblo en ver al satélite recién caído del espacio. Ya podía verse en la televisión dando notas sobre su experiencia, y en el diario, poniendo su mejor perfil para la foto de la portada.
Pero un leve sonido lo volvió de regreso a la realidad. Estaba seguro de haber observado, segundos antes, de que ese artefacto de superficie blanca, compacta y esférica no contenía ningún orificio, ni ranura, ni abertura. Pero igualmente, como apareciendo de la nada, de ese objeto se abrió una puerta por la cual salió una luz blanca, poderosa que se proyectaba en la lejanía, a pesar de que el sol brillaba en el cielo limpio de nubes.
Juan, el pobre pescador, aterrorizado pero a la vez curioso, sacó fuerzas de su interior y comenzó a acercarse a eso que, ya no tenía dudas, se trataba de una nave espacial.
Cuando estaba a punto de asomarse al interior de la nave, protegiéndose con las manos de la brillante luz que enceguecía sus ojos, alcanzó a ver una mano extendiéndose como pidiendo ayuda. Una mano que le pareció la de un humano común y corriente.
De pronto la misteriosa luz se apagó y poco a poco, mientras se aclaraba su visión, pudo observar al tripulante que aún se hallaba dentro de la nave espacial. Y aquí comenzó una nueva sorpresa. El “extraterrestre” era de baja estatura, tal como lo había leído tantas veces en esas publicaciones amarillistas, pero la piel era de color oscura, los rasgos de su rostro eran similares a los aborígenes de nuestro continente y no había en su fisonomía ningún indicio de que ese ser fuera diferente a él.
“O sea que se trata de un indio extraterrestre”, pensó el pescador para sus adentros, y el temor se comenzó a disipar porque la confusión acaparaba todo.
De pronto el “indio extraterrestre”, comenzó a erguirse, y dando muestras de estar herido por la colisión, salió de la nave de forma aparatosa, cayendo pesadamente sobre el piso.
-Ayúdame amigo, tengo que ir al pie del cerro Uritorco, a un paraje llamado Los Altos -dijo el viajero espacial con un marcado acento cordobés.
-Si, lo conozco. Tendremos que caminar bastante-. Juan, cada vez más desorientado, estiró la mano y lo ayudó a levantarse, aunque con mucha dificultad. El “indio” se puso de pié, apoyando su brazo en el hombro de Juan y comenzó a respirar profundamente.
Vestía una especie de poncho, largo, que le llegaba casi a los pies, de color blanco y hecho de un material sintético. En sus pies, llevaba una especie de sandalias confeccionadas con el mismo material que el poncho, al igual que la vincha que sujetaba los largos cabellos negros que en ese momento ocultaba sus ojos.
Habían caminado unos metros, sin haber pronunciado ninguna palabra, cuando de pronto se escuchó un ensordecedor zumbido y aquella brillante luz volvió a brillar. Juan giro rápidamente para saber lo que ocurría y vio, con la mirada atónita, como aquella nave se desvanecía, desapareciendo ante sus ojos sin dejar rastro alguno.
-¿De qué planeta eres?- le preguntó decidido Juan, no soportando más la intriga.
-Del mismo que el tuyo, ¿De dónde más?
-¿Cómo puede ser eso posible? Esa nave con la que caíste ¡no pudo haber sido construida ni por los mismos yanquis!
-No dije que la nave fuera construida en este planeta, dije que yo era de este planeta.
-¿Y qué hace un humano piloteando una nave extraterrestre?
-Es una larga historia que nace de la época en que mis antepasados, nuestros antepasados, fueron exterminados por los conquistadores españoles.
Juan intentó encontrarle sentido a esas palabras, pero todo era demasiado increíble, aún para el fanático de ciencia-ficción más ingenuo y radicalizado. Ya se encontraba bastante cansado de llevar cargado a esa persona tan extraña, pero que a la vez no le parecía en nada peligrosa, ya que no solo mostraba ser vulnerable como cualquiera, sino que además, el “indio” parecía tener el pie derecho quebrado. A medida que se iban acercando al cerro, el frío se iba haciendo más intenso aún, por lo que Juan se quitó la campera que llevaba puesta y se la ofreció a su nuevo amigo, lo que no solo lo protegería del frío, sino también de la posible mirada de algún curioso. Mientras cruzaban con dificultad uno de los tantos alambrados, las preguntas comenzaron a brotar.
-¿Me estas diciendo que cuando Jerónimo Luis de Cabrera estaba fundando Córdoba, los indios andaban en naves espaciales?
-No precisamente. Mi tribu, los comechigones, les rendimos culto a los dioses del cielo durante siglos. Para la época que tú dices, los dioses nos anunciaron que estábamos en peligro, ya que ellos estaban al tanto de las matanzas que los españoles estaban realizando en otros pueblos. Nuestros dioses se llevaron en sus naves a nuestros líderes, sacerdotes y a la gente del pueblo que quería viajar con ellos, para ser protegidos. La mayoría decidió quedarse, no tanto por amor a la tierra, sino por el miedo que les daba subir a esas naves que volaban. Pero todos ellos perecieron, algunos como esclavos, otros debido a las enfermedades que contrajeron de los conquistadores. Los que sobrevivieron se mezclaron con los españoles y perdieron nuestra cultura y nuestras costumbres. Por lo tanto, hace un tiempo volvimos a La Tierra, para refundar nuestro pueblo. Nuestra base se encuentra ahora dentro del mismo cerro.
-¿Allí es donde nos dirigimos, a donde se encuentra tu pueblo?
-Si, solo tienes que ayudarme a llegar hasta la entrada. Tu favor será recompensado.
Luego de varios minutos de ascensión, y cuando el sol ya llegaba a su punto máximo de esplendor, el “indio” hizo detener a Luis cerca de la cima, en un lugar en el que no se llegaba a apreciar nada extraño.
-Aquí es.
-Discúlpame, pero yo no veo ninguna entrada por aquí.
-Es invisible, pero este sensor me indica donde esta la puerta de ingreso a la base.- dijo refiriéndose a una lucecita amarilla que destellaba de una especie de pulsera que llevaba en su muñeca.
De pronto, en una de las laderas del cerro, se hizo visible una luz, muy similar a la que producía la nave espacial y apareció un umbral, una puerta de ingreso a esa ciudad oculta que mencionaba el “indio”.
-Gracias amigo por tu ayuda, recuerda, tu favor será recompensado.- agradeció con tono cansado, tratando de caminar por sus propios medios.
-Espera, déjame hacerte solo una pregunta más ¿Por qué estás tan confiado de que no diré una sola palabra de todo lo que he visto esta mañana?
-Por dos motivos. Primero, porque nadie creería tu historia. Segundo, porque en este mismo momento, olvidarás todo.
Juan estaba en su bote. Parpadeó por unos segundos y se sintió completamente relajado. Pensó que se había dormido por algunos minutos, producto del frío o tal vez de los tragos de ginebra, pero luego le pareció que eso era imposible. Ya era casi el mediodía y su bote estaba completamente lleno de pejerreyes de muy buen tamaño. Tan cargado estaba el bote, que si daba algún brusco movimiento, corría riesgo de hacer que su embarcación naufragara.
-Fue un excelente día de pesca. Pensó un exultante Juan. -Cuando les cuente a mis compañeros de trabajo todo lo que he pescado, no lo van a poder creer.

FIN
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