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Negro (Cuento)

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Él observaba a cada una de las personas que caminaban caóticamente por el centro de la ciudad. Sus grandes ojos negros abarcaban todo lo que sucedía en el lugar, pendiente de cada movimiento, cada gesto, cada palabra. Llevó su manaza oscura y brillante hacia su rostro, frunció sus labios grandes y secos, y luego estiró los rulos de su ensortijado cabello de color azabache en un gesto de fastidio e impaciencia. Él se encontraba expectante, ansioso, aún sabiendo absolutamente todo lo que ocurría a su alrededor. De pronto, llegó el momento que esperaba, el hecho que sabía que ocurriría en el tiempo y el lugar preciso. Su oscura figura no hizo ni un solo ruido, ni un mínimo movimiento visible, absolutamente nada, pero ya había cumplido con su misión. En la calle, un niño de no mas de cinco años yacía exánime. Acababa de ser atropellado por un conductor ebrio que, apenas entendió lo que acababa de suceder, se fugó cobardemente del lugar. Él se acercó sonriendo hasta donde se encontraba el pequeño cuerpo sin vida. Con su gran mano oscura le acarició muy dulcemente la frente y le susurró al oído: -Despierta angelito... Del cadaver que ya comenzaba a enfriarse, brotó una luz maravillosa que se reflejó en todas las direcciones. Sin embargo, nadie de toda esa multitud que comenzaba a acercarse al lugar del accidente, alcanzó a ver. Y por primera vez en ese día, él hizo estallar el blanco de su risa que contrastaba con el negro de su ser. Pero la gente tampoco pudo, o supo, o quizo, verlo ni oirlo. Eso es sabido. La gente no ve a Dios. FIN
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