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La invitación (Cuento)

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Lunes. Nueve de la mañana. Juan se levanta desganado y comienza a caminar erráticamente en busca del baño, impulsado por las nauseas que lo obligan a vomitar todo el whisky ingerido. Orina como si hiciera un año que no lo hace e intenta lavar esa cara desfigurada, que es casi un muestrario de todo lo bebido en la noche anterior. Entrando en ese caos que es su cocina, se dirige hacia el aparador y busca desesperadamente los fósforos. Estaba por encender una hornalla para prepararse un té, pero lo piensa un rato y se decide por encender un porro. Desde la muerte de su esposa, ya poco es lo que le importa lo que pueda sucederle, lo que entiende por bueno o malo. Pareciera que con su comportamiento estuviera buscando la fatal excusa que pueda permitirle reencontrarse con ella. Mientras saboreaba su "desayuno", sonó el teléfono. - ¿Quién es? - preguntó casi con violencia. - ¡Cómo estás loco! Espero no haberte despertado. - contestó Carlos, intimidado por el tono de voz de su hermano. - Hace semanas que no tengo noticias de vos. ¿En dónde mierda estabas? - Hace unos días regresé de Rosario. Estuve con unos amigos haciendo algunos "negocios”. - Espero que esos “negocios” de los que hablas no se traten de esa cosa con la que nos tenés acostumbrados... - No te hagas problemas que no tiene nada que ver con eso. - le mintió, aún sabiendo que él no iba a creerle - . - A vos lo que te esta haciendo falta Juan es una mina, salir a tomar un poco de aire, tener amigos, no se, cambiar un poco tu vida… pero eso dejalo en mis manos. Yo mismo me voy a encargar de presentarte alguna “guachita”. - Yo lo que necesito hermanito es que me dejes de romper los huevos. - No loco, ¡dame una oportunidad para demostrarte que tengo razón! El miércoles voy a hacer todo lo posible para desocuparme temprano, así puedo darme una vuelta por tu casa para que hablemos mas tranquilos. ¿Quedamos? - Listo, con tal de no escucharte más por un momento, acepto cualquier cosa. - Bueno, nos vemos. Carlos, cortó y se quedo observando una réplica de la pintura “La maja desnuda” de Goya, uno de los cuadros que había comprado para decorar su oficina. Toda su empresa se encontraba repleta de esculturas y obras de arte pertenecientes a su propia colección, ya que el prefería tenerlas en su lugar de trabajo para poder contemplarlas en todo momento y así calmar el agobio que le causaba estar prisionero en ese edificio, tan oculto de la luz del dia. Sonrió y pensó en la nueva secretaria que había contratado. Quizás sería la candidata ideal para presentarle a su hermano. Tomó el teléfono del conmutador y la llamó. - Andrea, por favor, preséntese en mi oficina. – dijo en tono misterioso. - Enseguida señor. – dijo instintivamente. En solo unos segundos la joven ya se encontraba delante de él. - Si señor ¿en que me necesita? Él la miró detenidamente, se podría decir que por primera vez, ya que al estar continuamente tan preocupado y tan encerrado en su trabajo, sumándole a ello su timidez, nunca se había tomado el tiempo de contemplar que tan celestes eran aquellos ojos, que tan largos y destellantes eran esos cabellos, cuanta sensualidad poseían las líneas que dibujaban esa figura… - Mire Andrea, le seré sincero, yo necesito de usted un favor muy especial... – dijo casi sin saber por donde empezar, pero al ver como la cara de ella comenzaba a cambiarse entre confundida y asustada, se apresuró en explicarle - Andrea, no se asuste, pero lo que yo quiero pedirle es que me acompañe, junto con mi esposa y mi hermano, a una cena. No lo tome como una cita a ciegas ni nada parecido. Simplemente sucede que mi hermano se encuentra en un estado muy depresivo y pensé que una salida entre amigos, tal vez sirva para poder levantarle el ánimo. – Dijo casi sin respirar. - Por favor, discúlpeme señor, pero déme un tiempo para contestarle. No acostumbro a aceptar invitaciones para salir, porque al estudiar en la universidad no cuento con mucho tiempo libre. Además debo reconocer que me encuentro muy sorprendida por su pedido. - le respondió no muy convencida de aceptar. - Por supuesto, reconozco que este favor que le pido puede provocarle una situación demasiado incomoda, pero le ruego que no se sienta presionada por mis palabras, si usted no desea aceptar la invitación, obviamente sabré entender. Andrea salió de la oficina maldiciendo, por lo bajo, las palabras de su jefe. Porque si bien ella no tenía ni la más mínima intención de cenar con él y menos aún de conocer gente, pensó que de darle una respuesta negativa a su superior, podría de alguna manera, atentar contra la estabilidad de su trabajo. Y ya había estado demasiado tiempo desempleada, como para perder el puesto que tanto sacrificio le había costado conseguir en esa empresa. Ella sabía que tarde o temprano iba a tener que aceptar la invitación de su jefe. Miércoles, 17 horas. Suena el teléfono en casa de Juan. Era su hermano quien nuevamente lo llamaba. -¡Hola hermano! ya tengo todo arreglado para este viernes, no lo vas a creer, me anime a invitar a mi nueva secretaria a una cena a la que no podes faltar, yo ya le dije a Silvia que no planeara nada para esa noche, así que te espero a las 21,00 horas en el restaurante del hotel Plaza ¿lo conoces? -¡Para loco! Tranquilízate, lo conozco, pero no te entusiasmes mucho porque no voy a ir. -¡No Juan, no me podes hacer esto! No sabes cuanto sufrí para invitar a Andrea a esta cena, casi me muero de la vergüenza de tanto insistir para que aceptara… -¿Quién mierda es Andrea? -Mi nueva secretaria, boludo, ¿no me estas escuchando? ¿Estas fumado de nuevo? -Ni lo uno ni lo otro, Carlos, solo quiero que no te metas en mi vida… -Hermano, solo te quiero ayudar ¿sabes? Perdóname, pero cueste lo que cueste yo quiero que salgas de ese ambiente que sueles frecuentar. -Bueno, acepto la invitación, pero recuerda que nada bueno puede salir de esto. Viernes, 21 horas. Suena el timbre en el departamento de Andrea y se escucha la voz de Carlos a través del portero eléctrico. Ella ya había terminado de vestirse y de maquillarse y lo único que deseaba era que el tiempo corriera pronto y que la cena transcurriera lo menos tortuosa posible. Apagó las luces, respiró hondo y atravesó la puerta en busca del ascensor. Ya en la calle se encontró con el jefe y su esposa dentro de una deslumbrante camioneta de color azul. Cuando Carlos se percató que Andrea se aproximaba, abrió la puerta de atrás y encendió el motor. Apenas ella subió al coche, él, con cierto nerviosismo, le presentó a su esposa. Andrea observó detenidamente a Silvia, le sonrió y se sintió más relajada. El auto rápidamente se puso en marcha. Carlos había reservado la mejor mesa del restaurante más exclusivo de la ciudad, lugar al que concurría junto a su esposa muy frecuentemente. Por lo tanto, apenas los vieron llegar, los mozos les dispensaron la mejor atención. Se ubicaron en la mesa correspondiente y él, observando a su secretaria e intentando distenderse, inició una conversación. -¡Ya vas a probar lo bien que se come aquí! A este lugar venimos desde la primera cita que tuvimos de novios, incluso aquí mismo le pedí casamiento. Lo único que nos falta, es que cuando nos pidamos el divorcio ¡tengamos aquí mismo una cena de despedida! - Dijo provocando la sonrisa de su secretaria y el reproche cómplice de su esposa. Poco a poco, Andrea fue perdiendo esa postura distante y fastidiosa, comenzado a hablar distendidamente de varios temas, riendo de las anécdotas que ellos relataban. Pero el tiempo pasaba y él comenzó a ponerse nervioso, ya que su hermano seguía sin aparecer. Entonces tomó su celular y levantándose de la mesa dijo vergonzosamente: -Sepan disculparme, pero había olvidado que tenía que hacer un llamado muy importante a un cliente de la empresa. -Este siempre es el mismo. No deja de pensar en su trabajo ni aún en los pocos momentos que tenemos para distraernos – Dijo su esposa un poco en broma, un poco en serio. Silvia si bien disfrutaba del buen pasar económico de su pareja, siempre se sentía relegada por los extensos horarios de oficina de su esposo, sin contar aquellos congresos, viajes de negocios y reuniones que hacían que fuera muy poco el tiempo que podían compartir y disfrutar. -Tomate tu tiempo, así Andrea y yo podemos hablar mas tranquilas sobre cosas de las que vos seguramente te vas a aburrir. Carlos se dirigió hacia el baño y marcó el número de su hermano. Luego de que el teléfono sonara varias veces, por fin escucho la voz de Juan. Y el arremetió. -¡¿Qué mierda estás esperando?! Vení ya para el restaurante antes que te traiga de los pelos. -Dejate de joder, boludo…-Le respondió su hermano, casi balbuceando. -¡Es que no me podés hacer esto, no sabes cuanto me costó conseguirte esta cita… hace una hora que te estamos esperando… -Bueno loco, yo no te pedí que hicieras esta boludez… ¿Querés que te diga la verdad? Te conviene que no vaya porque no me puedo parar del pedo que tengo… Apenas escuchó esas palabras, cortó y guardo su celular. Lavó su cara y quedó por un momento mirándose en el espejo. Intentó borrar su rostro de fastidio y se dirigió rumbo a la mesa. Su esposa y su secretaria estaban conversando animadamente, y por la divertida forma de hablar podría decirse que se llevaban muy bien. Sin dudas, el vino había disimulado la espera, ya que Silvia era una persona muy reservada y bastante tímida. “Bueno...- pensó él - por lo menos ella se hizo de una amiga”. Se sentó con movimientos algo nerviosos y ensayó una disculpa sin mucho ánimo de ser creíble. -Acaba de comunicarse mi hermano y me contó que se le presentó un problema laboral de imprevisto, por lo que se le hace imposible venir a la cena. Dice que lo siente muchísimo y pide un millón de disculpas por su ausencia. Andrea obviamente no creyó la excusa, ya que según uno de los variados comentarios de los chismosos que trabajaban en la oficina, “el hermano del jefe” jamás había trabajado, salvo que se considerara así a esos negocios referidos a drogas, contrabando, prostíbulos... Por lo tanto a ella esta situación no le molestó en lo absoluto, ya que hacía mucho tiempo que había dejado de estar interesada en conocer a algún hombre. Pidieron el menú y pasaron, a pesar de todo, una cena agradable. Silvia y Andrea se hicieron amigas inseparables, compartiendo casi todo el tiempo libre, ya sea visitándose para tomar el té, saliendo de compras o yendo al teatro, pasatiempo este que no era compartido por Carlos, ya que él prefería ver una buena película por cable en la comodidad de su living. Habían pasado seis meses de aquella fallida cita y nadie sabía algo sobre el paradero de Juan. Carlos regresó de un largo viaje de negocios y se dirigió directamente a su oficina decidido a volver a llamarlo. Al fin y al cabo, él había sido quién cortó bruscamente la conversación la última vez que hablaron por teléfono. Llamó por el conmutador a su secretaria para que intentara comunicarse con su hermano, pero en vez de ser atendido por Andrea escucho otra voz que le informó: -Disculpe señor, ocurrió que no tuvieron tiempo para comunicárselo, mi nombre es Cristina y soy su nueva secretaria.- El se levantó extrañado de su escritorio y se dirigió a la oficina del jefe de personal. -Gómez ¿Qué sucede con Andrea? -Disculpe señor que no le haya dicho, pero no pensé que fuera importante. La señorita Andrea Mastelli presentó su renuncia hace dos días. -¿Cómo? ¿Dijo algo de porque tomó esa decisión? -Lo único que mencionó es que se marchaba de la ciudad. Durante toda la tarde su nueva secretaria intentó comunicarse con su hermano, pero el celular se encontraba apagado y nadie atendía el teléfono fijo de la casa. A la salida de la oficina, ya de noche, fue hasta la casa de Juan, pero no encontró a nadie. Se asomó por la ventana y lo único que alcanzó a ver fue la cocina hecha un verdadero chiquero, con restos de comida sobre la mesa y botellas vacías tiradas sobre el piso, dando la sensación de que hacía mucho tiempo que ese lugar estaba abandonado. Cansado, subió al auto para volver a casa, un poco ansioso por preguntarle a su esposa si ella sabía algo sobre la extraña y repentina decisión de Andrea de renunciar al trabajo. Sorprendido no porque ella resignara la alta remuneración que recibía por su labor, sino por el hecho de que no lo hubiera hablado teniendo en cuenta el aprecio y la amistad que ellos sentían por ella. Cuando entró a su casa, dispuesto a darse una larga ducha para sacarse toda la mufa del trabajo, encontró una carta pegada sobre la pantalla del televisor y apenas la tomó se dio cuenta a de su mujer. Totalmente intrigado comenzó a leer: Carlos: Perdóname que haya elegido esta manera para comunicarte algo tan importante, pero es que nunca me hubiese animado a decírtelo en la cara, temiendo la forma en que puedas reaccionar. Tengo que decirte que durante todo este tiempo te he estado engañando y debo reconocer que me siento muy enamorada de esa persona. Nunca imagine que algo así podría ocurrirme, pero sucedió. Y como no quiero que todos estén murmurando y cuestionando esta situación, me marcho de la ciudad. Apenas consiga donde alojarme, mi abogado se encargará del tramite del divorcio. Perdóname, pero estoy convencida de estar haciendo lo correcto. Tú solo eres feliz cuando trabajas y la verdad, es que yo me cansé de estar sola. Silvia Carlos trastabilló hacia atrás y se quedo sentado en el piso, mirando la carta, con la mente en blanco. Recorrió la casa, esperando encontrarla, imaginándosela riendo por la broma que en ese momento le estaba haciendo, pero ella no estaba. Así como tampoco estaban sus cosas, ni la ropa, ni las joyas... Fue hasta el escritorio que tenía en la sala, busco la llave que estaba escondida en un estante de la biblioteca y abrió el último cajón. Sacó de allí un revolver, lo cargó y se quedó sentado. Medito durante un largo tiempo sobre las razones que ella pudo haber tenido para abandonarlo. Pero también imaginó a su esposa deseando a otro, acercándose a otro, amando a otro… y se sintió desecho, destruido, ahogado en una marea de celos, desesperación, soledad... Apoyó nerviosamente el arma en su sien y simplemente disparó. A doscientos kilómetros de allí, Silvia terminaba de ducharse. Salió del baño envuelta en una toalla y tomó el paquete de cigarrillos que había dejado sobre la mesa de luz. Encendió uno y se quedo mirando a través de la ventana. Podía observar la ruta tan vacía, tan extraña, con el resplandor de la ciudad brillando detrás de ella. Apagó el cigarrillo, se dirigió hacia la cama y pudo ver el cuerpo desnudo de su amante durmiendo en la cama. Las luces de los carteles, que se encontraban en la estación de servicio ubicada al frente del hotel, penetraban en la habitación y le impedían dormir. Silvia besó los labios de Andrea, que se encontraba profundamente dormida y se quedaron abrazadas, agotadas por el largo viaje que habían realizado en auto. Mañana les esperaría un día bastante movido, ya que tenían que encontrar una casa cómoda y acogedora para comenzar una nueva vida. Recién a los tres días, Juan se enteró de lo que le había sucedido a su hermano. Venía conduciendo desde Rosario, contento por el buen fajo de billetes que consiguió con sus negocios sucios, cuando escuchó por la radio la trágica noticia. Él no sintió ningún tipo de remordimiento, ni de dolor, ni de pena o haber concurrido al velorio de su hermano. Lo único que hizo fue parar a un costado de la ruta, fumarse un cigarrillo con toda la tranquilidad del mundo y comenzar a reírse, primero tímidamente, para terminar haciéndolo con todas sus fuerzas. Un momento después, quizás cansado de tanto reírse, se quedó en silencio y su mirada se perdió en el lejano horizonte, en la nada. Ahora no dejaba de repetirse: -Al final ese hijo de puta siempre tuvo más huevos que yo… ese hijo de puta tuvo más huevos que yo... FIN
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