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El infierno (Cuento)

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Las sierras mostraban un espectáculo casi propio del averno.
Donde horas atrás reinaba la vegetación, la música de las aves y el colorido de la vida, ahora solo podía contemplarse esas voraces llamas que se desplazaban con rapidez, dejando solo cenizas tras su paso. Ahora solo podía escucharse el murmullo del fuego consumiendo con avidez cada árbol, cada hierba, cada pequeño e indefenso ser vivo.
-Así debe ser el mismísimo infierno- Pensaba Tomás, mientras observaba el dantesco paisaje desde su avión hidrante, que sobrevolaba el sector del incendio.
Ya hacía cuatro horas que trabajaba en detener el fuego, haciendo decenas de viajes entre el lago, en donde cargaba el agua, y las cenicientas sierras.
Cuando el avión se quedó sin combustible, pensó que ya era hora de tomarse un merecido descanso. El fuego ya estaba casi extinto y los bomberos que se encontraban desplazados en la región se encargarían de terminar con la labor.
Tomás aterrizó el avión en el aeródromo local e inmediatamente se subió a su auto, para ir rumbo a su hogar. Él ya se encontraba tranquilo, sabiendo que ya no había posibilidades que las llamas llegaran hasta ese hermoso valle en donde se ubicaba su pequeña pero confortable casa.
Cuando llegó, todo se encontraba en orden, sintiéndose tan aliviado y feliz, que al ver a su familia no podía dejar de abrazar y de besar tanto a su esposa como a sus dos hijos.
Tomás prefirió no comer nada, y fue directamente a darse una ducha refrescante que buena falta le hacía. Al salir del baño, fue directamente a la cama y se recostó dispuesto a dormir una siesta. Eran las tres de la tarde y hacía un intenso frío, tal como suele hacer durante todo el invierno en Córdoba.
Tomás durmió no mas de cinco minutos y se despertó sobresaltado.
-Micaela, ¿dónde están los niños? –Preguntó agitado y nervioso.
-Están jugando afuera. Descansa tranquilo y trata de dormir un rato que te hace falta. ¿Acaso tuviste alguna pesadilla?
-Algo así, soñaba con fuego, mucho fuego…
-Si hay algo que has visto hoy, es fuego… Duerme tranquilo, yo te despierto cuando sean las cinco para que tomemos unos mates.
-Bueno, dame un beso. Y fíjate bien que están haciendo esos dos demonios. ¿Si?
Micaela salió de la casa y camino por un sendero que se dirigía hacia el monte.
Luego de unos metros de ascenso, comenzó a gritar a viva voz.
-¡Tino! ¡Ale! ¡Vengan chicos! –Pero no escuchó ninguna respuesta.- ¿Dónde se habrán metido los mellizos?
La madre volvió a casa dispuesta a preparar la merienda, esperando que regresaran los niños. Pero al momento de poner el agua en el fuego, se dio cuenta que en ningún lugar de la cocina se hallaban los fósforos.
-Si esos chicos se llevaron los fósforos, ya van a ver lo que les espera… ¡Ya les voy a dar a esos desgraciados!

Quizás la ingenuidad propia de los diez años de vida de Tino y de Ale les impidió razonar sobre lo peligroso del juego que estaban llevando a cabo.
El pasto seco, debido a la larga sequía, y el constante viento que sopla fuerte en el mes de julio, hicieron el resto. La pequeña fogata que hicieron al pie del árbol mientras jugaban a “los bomberos”, se extendió tan rápidamente por todo el monte, que cuando se dieron cuenta de la situación, las llamas habían hecho un círculo alrededor de ellos, impidiéndoles regresar a casa.
Cuando Tomás fue despertado por los gritos y las zamarreadas de su esposa, creyó que todo el escándalo era debido a que ya eran las cinco de la tarde. Pero no, no era eso.
Medio dormido aún, tardó en comprender lo que sucedía.
Micaela tenía el rostro desencajado y lloraba desesperada. Solo repetía una cosa: “¡Fuego, fuego, fuego!...”

FIN
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